Comte Burrell

mércores 12 xullo 2017


A ella la había conocido aquel mismo fin de semana, él para mí, era de los de toda la vida. De esos en los que se puede confiar, aunque hubo momentos en los que me pudo la desconfianza. Compartían piso y carnes en el centro de Barcelona, y él me habia invitado a olvidar el pasado embriagandonos de recuerdos frente a una botella whisky cazallero. Más o menos lo que uno siempre hace cuando las batallas son muchas y los recursos escasean.

Los encontré en ese momento en el que todavía se miraban a los ojos y eran capaces de, sin apartar ni un instante la mirada, decirse aquello de: cariño contigo pan y cebolla. La foto de arriba la saqué en una de esas cenas que se alargan hasta las tantas y lo humano y lo divino se tratan en cada frase. Sé que a día de hoy todavía les hace daño mirarla, pero que mejor ejemplo para explicar cuanto dejaron de quererse. Y es que a veces la cebolla se indigesta y al cortarla no paras de llorar.

Y eso fue lo que termino pasando, las lagrimas sucedieron a los gritos y cuando la pobreza entra por la puerta,  el amor salta por la ventana. Ese que muchas veces se convierte en desidia y cuando ocurre, uno de los dos quiere sacarle partido al tiempo malgastado a las horas de dedicación y al contigo cebolla y pan. Y ella fue lo que hizo, rentabilizar el tiempo invertido con mentiras, embustes, egoismo y maldad. Y disfrazo todo aquello de maltrato por 40 metros cuadrados en la Barceloneta. Y aunque en muchos casos es cierto en otros resulta que no,  y ponte tu a probarlo. Facturas telefonicas, billetes de avión, contestadores automáticos, todo es poco si la dicha es mala para poder justificar lo que nunca has sido. Ahí fué el momento en el que la justicia intervino y puso final al entuerto. Un asunto que duró incluso más que la relación que ellos dos habían emprendido.

Justo en ese momento pude devolverle todo lo que él me había dado, hacer buenas aquellas noches de desesperación en las que yo me refugiaba en su voz para estar un poco más tranquilo, y me di cuenta de que nadie está a salvo de la vulnerabilidad de los sentimientos. Hasta el más pintado se desmorona cuando tocan la tecla B y meten el dedo en la yaga X, como dice un buen amigo mío, por ahí doblamos todos. Todos dicen que aquello es agua pasada y los años lo curan todo, pero determinadas cicatrices escuecen cuando las rozas.

Ahora él tiene tres niños como tres soles, porque lo de hacer niñas no se le da, y una mujer que le adora.  Tambien un amigo que le quiere y ha sacado un poco de tiempo para escribir sobre él y aquellos momentos que vivimos en Comte Burrell. Como dijo Auster me alegro de que te alegres de que me alegre de que te alegres, y eso en España ya es bastante.






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